✨ Nuestro Rey Humilde

Navidad no es solo un nacimiento; es el descenso voluntario del Rey eterno para vestir nuestra humanidad.
5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Filipenses 2:5–8
El Rey que renunció a Su trono
Jesús no vino a reinar como los reyes de la tierra.
No descendió envuelto en oro, ni fue recibido con coronas ni palacios.
El Rey de reyes decidió tomar la condición más sencilla, hacerse semejante a nosotros, caminar nuestras calles, sentir nuestras necesidades, y enfrentar todo lo que un ser humano puede experimentar: dolor, tentación, hambre, traición, cansancio, tristeza y agotamiento.
Pero, a diferencia de nosotros, no se dejó gobernar por las emociones, sino que se sometió en perfecta obediencia al Padre.
“Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo… y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz.”
Un nacimiento sencillo para un propósito eterno
Un nacimiento sencillo para un propósito eterno
Aunque no sabemos la fecha exacta en que nació Jesús, sí sabemos que el cielo celebró ese día.
No llegó en un lugar de honor. No hubo lujo, alfombras, ni celebraciones reales.
Hubo un pesebre.
Hubo padres obedientes.
Hubo ángeles anunciando la buena noticia.
Y hubo un propósito tan grande que ningún enemigo, ni siquiera Herodes con su crueldad, pudo detenerlo.
Jesús no vino para destronar a un rey humano.
No vino a reclamar un trono terrenal.
Vino a entregar Su vida para otorgarnos perdón, salvación y acceso al Padre.
“Mi reino no es de este mundo…” –
Juan 18:36
Un nacimiento sencillo para un propósito eterno
Un nacimiento sencillo para un propósito eterno
Aunque no sabemos la fecha exacta en que nació Jesús, sí sabemos que el cielo celebró ese día.
No llegó en un lugar de honor. No hubo lujo, alfombras, ni celebraciones reales.
Hubo un pesebre.
Hubo padres obedientes.
Hubo ángeles anunciando la buena noticia.
Y hubo un propósito tan grande que ningún enemigo, ni siquiera Herodes con su crueldad, pudo detenerlo.
Jesús no vino para destronar a un rey humano.
No vino a reclamar un trono terrenal.
Vino a entregar Su vida para otorgarnos perdón, salvación y acceso al Padre.
“Mi reino no es de este mundo…” –
Juan 18:36
Humano, pero siempre Dios
Jesús vivió como hombre, pero nunca perdió Su naturaleza divina.
Y aun así, la caminó con humildad.
En su enojo, mostró justicia.
En su corrección, mostró amor.
En sus silencios, reveló sabiduría.
En su muerte, manifestó gracia.
Él sabía quién era. Sabía para qué vino.
Y vivió cada segundo alineado a la voluntad del Padre.
Su vida fue un espejo claro del Reino de Dios.
Un Reino que no se mide por poder humano, sino por amor perfecto.
La Navidad: el Reino acercándose a nosotros
Navidad no es solo una tradición, ni una costumbre bonita, ni un tiempo de fiesta.
Navidad es Dios acercándose al hombre.
Es el cielo irrumpiendo en la tierra.
Es el inicio del plan que nos abriría el camino hacia la vida eterna.
“Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor y dispuesto para toda buena obra.”
— 2 Timoteo 2:21
Ese Niño en un pesebre era Rey.
Ese Rey crucificado es Salvador.
Ese Salvador resucitado es Dios eterno.
Y ese Dios eterno es el que hoy te llama hijo(a).
El nacimiento de Jesús no es solo un bello relato del pasado;
es la evidencia viva de que Dios cumple sus promesas.
Fue el inicio del camino que llevaría a la cruz, pero también el principio de nuestra libertad.
“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.”
— Filipenses 4:13
Así que esta Navidad, no te quedes solo con la emoción de la época.
Celebra al Autor de la salvación, el Dios que se hizo hombre para que tú y yo pudiéramos volver al Padre.
Porque más allá de las luces y los regalos, Jesús es el regalo que cambió la eternidad..
Oración
Señor Jesús,
gracias por tu humildad perfecta, por dejar tu gloria para vestir nuestra humanidad.
Hoy reconozco que ninguna corona terrenal puede compararse con la grandeza de tu amor.
Te doy gracias por haber nacido en un pesebre, por caminar entre nosotros, por amar sin condición y por mostrar el corazón del Padre en cada paso que diste.
Haz que mi corazón sea un lugar donde puedas habitar sin reservas. Enséñame a vivir con la misma humildad, obediencia y entrega que Tú viviste.
Que mi vida refleje tu Reino.
Que mis palabras revelen tu carácter.
Que mis pasos sigan tu ejemplo.
Hoy te reconozco como mi Rey eterno.
Te entrego lo que soy, lo que tengo y lo que seré.
Que esta Navidad no sea una costumbre, sino un encuentro contigo, mi Rey Humilde.
Amén.


