Del Trono a la Cruz

El Rey que renunció a todo para acercarnos al Padre
5 Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6 el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7 sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8 y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Filipenses 2:5–8
El Rey que renunció a Su trono
Si observamos a los reyes de la tierra, resulta difícil imaginar a alguno dispuesto a abandonar su trono, su poder y su comodidad para vivir entre los pobres, los enfermos, los rechazados y los marginados.
Mucho menos para morir como un criminal.
Para muchos, ese pensamiento es inconcebible.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo Jesús.
Él dejó un trono rodeado de santidad, gloria y perfección, y descendió para vivir entre hombres pecadores. No solo vino a habitar entre nosotros, sino que decidió padecer como uno de nosotros, aun siendo Santo, puro y eterno.
El poder que eligió no imponerse
Jesús tenía toda autoridad.
Tenía todo poder.
Tenía a los ángeles a su disposición.
Y aun así, no usó ese poder para condenar ni para destruir.
Su propósito no fue juzgar a la humanidad, sino amarla. No vino a reclamar derechos, sino a entregar su vida. Vino a revelar el corazón del Padre y a restaurar una relación que el pecado había quebrantado.
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.”
Marcos 10:45
El amor que se hizo servicio
Jesús no buscó reconocimiento, aun cuando merecía toda exaltación.
No exigió honra, aun cuando era digno de ella.
Eligió servir.
Eligió suplir necesidades.
Eligió tocar a los enfermos.
Eligió consolar a los quebrantados.
Vino a vendar heridas, a levantar al caído, a dar óleo de gozo en lugar de ceniza y esperanza donde solo había dolor.
“a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya.”
Isaías 61:3
Más que una celebración, un llamado
Por eso la Navidad no es solo una época de alegría superficial.
Es un recordatorio profundo del amor que descendió.
Celebramos que el Rey dejó su trono para que nosotros pudiéramos acercarnos al trono de la gracia.
Celebramos que, gracias a su humildad, hoy tenemos acceso a la misericordia del Padre.
“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.”
Hebreos 4:16
Un amor que transforma nuestra manera de vivir
El descenso de Jesús no fue solo un evento histórico; fue un mensaje eterno.
Un llamado a amar más, a servir mejor, a reconciliarnos, a vivir con compasión.
El amor que bajó del cielo nos invita hoy a reflejarlo en la tierra.
Porque cuando entendemos lo que Él hizo por nosotros, ya no vivimos igual.
Vivimos agradecidos.
Vivimos rendidos.
Vivimos para Aquel que lo entregó todo.
Oración
Señor Jesús,
hoy me detengo a contemplar el amor que te hizo dejar el trono para abrazar la cruz.
Gracias por humillarte, por despojarte de tu gloria y venir a buscarme cuando yo no podía llegar a Ti.
Enséñame a vivir con el mismo sentir que hubo en Ti:
un corazón humilde, dispuesto a servir, a amar sin condiciones y a obedecer aun cuando el camino implique sacrificio.
Arranca de mí todo orgullo, toda dureza y todo deseo de exaltarme a mí mismo(a),
y forma en mí un corazón sensible a tu voluntad.
Que nunca olvide el precio que pagaste por mi salvación,
y que cada día mi vida sea una respuesta de gratitud al amor que descendió del cielo por mí.
Llévame a caminar conforme a tu ejemplo, reflejando tu gracia, tu compasión y tu verdad,
hasta el día en que pueda verte cara a cara y rendirte toda la honra que mereces.
Amén.

