El Camino de Regreso: Restaurar el Altar

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio,
Salmo 51:10–12
y renueva un espíritu recto dentro de mí.
No me eches de tu presencia,
y no quites de mí tu santo Espíritu.
Vuélveme el gozo de tu salvación,
y que un espíritu dispuesto me sostenga.”
Cuando la fe entra en piloto automático
Todos, en algún momento de nuestro caminar, experimentamos un distanciamiento de la palpable presencia de Dios o caemos en un estancamiento espiritual. Es una etapa en la que la vida se vive en “piloto automático”, donde nuestras acciones se rigen más por el conocimiento adquirido, los hábitos o la inercia, que por el ferviente anhelo del corazón.
Es una condición engañosa. Seguimos cumpliendo con deberes religiosos, asistimos, servimos, hablamos el lenguaje correcto y, ante los demás, aparentamos estar llenos de Dios. Sin embargo, internamente algo no está bien. La mente nos condena o, peor aún, nos convence de que todo está en orden simplemente porque seguimos “haciendo” cosas para Dios.
Esta sequía espiritual es sutil. Muchas veces solo puede ser discernida por el Espíritu Santo… y por una conciencia honesta. Externamente todo parece normal, pero en lo profundo del alma se siente la ausencia de una presencia viva, cercana y transformadora. Si esta grieta no se atiende, el desenlace puede ser espiritualmente mortal.
Cuando el alma clama por restauración
Recuerdo una etapa de mi vida en la que vivía exactamente así. En mi desesperación llegué a considerar abandonarlo todo, sintiéndome un fraude, un hipócrita. Sin embargo, había algo que no me dejaba irme por completo: una profunda necesidad del alma.
Esa necesidad me empujó a seguir acercándome, aun cuando no sentía nada. A seguir buscando, aun cuando me sentía vacía. A permanecer, aun cuando no entendía lo que me estaba pasando. Y fue precisamente en esa perseverancia donde Dios salió a mi encuentro y comenzó a restaurar mi altar personal.
El mayor error en el tiempo de sequía
Cuando atravieses una etapa de sequedad espiritual, el enemigo intentará convencerte de que te rindas. Te susurrará que ya no vale la pena, que te alejes definitivamente, que “si no sientes nada” es mejor soltarlo todo. Pero ese es el peor error que puedes cometer.
Cuando sientas que estás lejos, el llamado no es a huir, sino a perseverar.
Sigue orando, aunque parezca que tus palabras no pasan del techo.
Sigue congregándote, aunque la predicación no te conmueva de inmediato.
Sigue leyendo la Palabra, aun cuando te falte el ánimo.
Hazlo con la convicción firme de que tu alma necesita intimidad con su Creador, aunque tus emociones no lo confirmen en el momento.
“Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes.”
Santiago 4:8
El altar restaurado
Preséntate delante de Dios con un corazón genuino. No con máscaras ni discursos, sino con honestidad. Pídele al Espíritu Santo que te dé la fuerza para levantarte, para permanecer y para volver a encender lo que se ha apagado.
Si decides permanecer en Su camino, si reconoces tu profunda necesidad y te acercas con un corazón transparente, tu altar personal será restaurado. Tu vida volverá a reverdecer. No solo experimentarás renovación, sino que te convertirás en una fuente de agua viva para otros que atraviesen el mismo desierto que tú un día cruzaste.
Dios no se ha movido.
Él sigue siendo accesible.
Sigue dispuesto.
Sigue esperando.
Solo necesitas dar el paso de regresar con sinceridad. Su gracia te cubrirá… y serás plenamente restaurado(a).
Oración
Padre amado, hoy vengo delante de Ti con un corazón sincero. Reconozco que ha habido momentos en los que mi altar personal se ha descuidado, en los que he continuado caminando por costumbre y no por pasión, por disciplina y no por intimidad. Perdóname por las veces en que me conformé con aparentar cercanía contigo, cuando en lo profundo de mi alma te necesitaba más que nunca.
Hoy te pido que vuelvas a encender el fuego en mi interior. Restaura mi altar, limpia mi corazón y renueva mi espíritu. No quiero vivir de recuerdos espirituales ni de experiencias pasadas; anhelo una relación viva y constante contigo. Devuélveme el gozo de tu salvación y sosténme con un espíritu dispuesto a obedecer, aun cuando no sienta fuerzas.
Espíritu Santo, ayúdame a perseverar en los días de sequía, a permanecer cuando el camino se siente árido y a no rendirme cuando el silencio me confunde. Llévame de regreso al lugar de la intimidad, donde mi fe se fortalece y mi vida es transformada.
Declaro que mi corazón vuelve a Ti, que mi altar es restaurado y que mi vida reverdecerá una vez más para tu gloria. En el nombre de Jesús,
Amén.

